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No hace mucho me tocó subir a un vuelo en el que el pasajero asignado al asiento de a lado era un hombre extremadamente obeso.

Al verlo acercarse no alcance a detener un gesto de fastidio y él pidió que le asignarán otro lugar. Más que molesto por mi franca grosería, se mostró avergonzado.Me sentí patana por dejar escapar la mueca y prometí nunca volverlo a hacer. 

Ayer -o antier porqué perdí un día en el viaje- subí al vuelo de Los Ángeles a Nadi, Fiji. Siempre pido ventana y a mi lado llegó  un hombre samoano de al menos 400 libras que me hizo recordar mi promesa, esa que me exije ejercer la compasión en serio.

El hombre empezó a hablar con voz de trueno que me recordó a Morgan Freeman. Es maestro de educación especial en una preparatoria pública en California, vuela a Samoa a ver a su mamá. No le lleva regalos pero si dinero para comprarle lo que ella quiera. Ya allá lo espera su esposa para pasar otras tres semanas de vacaciones.

Odia el vuelo. Anoche no durmió en un intento de llegar exhausto al vuelo y lograr dormir. Tampoco comió más que algas y papas cocidas. No lo dice pero seguro quiere evitar ir al baño. Se ve que sufre y quisiera no ser lo que es. Sufre cuando se le clavan las rodillas en el asiento de enfrente y no puede ni doblar el cuello, quisiera no tener que sacar una pierna al pasillo y quisiera también poder bajar el descansa brazos. Quisiera ser invisible.

Intenta mantenerme cómoda a pesar de que su cuerpo invade 20% de mi microterritorio por las siguientes 10 horas.

Cuando pelo una naranja, sonríe y me dice que llené todo el lugar al olor tan agradable de la cáscara. Le ofrezco parte de la fruta y se come la mayoría.

Me pregunto cómo sería habitar el mundo en ese cuerpo de rinoceronte con tanque de guerra, cómo sería verme y ser visto…

En cuanto apagan las luces me duermo como puedo y cada que despierto él está ahí en la penumbra, en vela. “Apenas van tres horas” me dice y yo caigo en el sueño. “Ya van a ser ocho” me dice cuando vuelvo a abrir los ojos y por última vez me dice triunfante “ya solo queda 

hora y media”.

Me pregunta en qué trabajo y le digo que periodista. No aguanta la risa.

-¿Qué pasa?

-lo sabía

-¿Adivinaste que soy periodista?

-sabía desde el principio que tu trabajo de seguro implica hablar y escuchar a la gente.

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