Eronguarícuaro en el corazón

Hace 27 años quedé con Erongarícuaro tatuado en la lengua.

Hasta ahí llegué un verano de 1986. Tenía siete años y fue mi primer viaje sin mi familia.

Fuí con una docena de niños y una maestra valiente, todos parte de una primaria hiper-hippie Montessori a la que fuí. Si había más adultos no los recuerdo.

Lo que sí recuerdo el  verde menta, puerco y desgastado de las baldosas del piso de la estación de tren; la despedida serena en el andén, de mano de mi papá.

Recuerdo la orden de cerrar las cortinas, por si en el camino nos lanzaban piedras. Mirar por la rendija de la cortina, anhelando la pedrada con tal de ver al apedreador.

Aún hoy suelo querer justo eso, arriesgo la pedrada con tal de saber, ¿quién es el apedreador?

En la memoria tengo la estación de tren de Morelia, los puestos de madera tallada que la rodean, con sus vendedores inmóviles,estatuas enmarcadas entre cristos y cocodrilos para jardín.

El recuerdo más claro, al que acceso sin pensar es el de la adrenalina. Esa sensación de estar a merced de mis recursos, de traer la mochila al hombro, de ser, –a los siete años–, responsable de mi existencia.

Llevos 27 años accediendo a esa sustancia hasta el abuso.

La adrenalina es así: Primero, da un mareo que baja por la garganta, me llena el pecho de abejas,hace temblar mis pulmones,–papeles mojados al viento–; las abejas van enfriando su zumbido hasta hacerse balines helados girando por el estómago, hacen vacío en mi sexo, para al final, volverse un par de peces fugándose, río abajo de mis muslos, hasta dejar mi cuerpo, saliendo por la planta de los pies.

Eso que hace la adrenalina y me hace buscarla una y otra vez.

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27 años después de estrenar mi adrenalina, vuelvo a Eronga, en busca de lo que ya no es.

Voy con Rihan, mi amiga antropóloga, que trabaja en el Colegio de Zamora.

Todo el camino a la central habló con el taxista, preguntándole de las autodefensas y de la limpia de malandros que amanecen asesinados y de los grupos en control de las zonas de Michoacán.

Empiezo a creer que viajar con ella a esa zona ha sido una pésima idea. Los antropólogos no miden, van por la vida con una varita larga y filosa, un pocking stick para encabronar a las hormigas. Como los periodistas.

Viajar con ella me ha dado una probada, de lo que es viajar conmigo y mi pocking stick,  lo que ha sido sin duda, una pésima idea.

Es mediodía cuando llegamos a Pátzcuaro. Dejamos la mochila en el hostal Mandala, -a una cuadra de la casa de los 11 patios-, donde el dueño es un chilango exiliado, con el humor ácido y una sola pierna. Vende pizzas y escribe cuentos, que nunca ganaran concursos porque no son costumbristas.

Luego tomamos el colectivo a Eronga.

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En el colectivo tomamos el asiento del fondo. Este par de mujeres con mirada de pocking stick  suele preferir la panorámica.

El colectivo se llena rápido. Una señora le platica al chofer sobre la muerte de sus conocidos. Va haciendo un rosario como engarzando muertos con una aguja: por borrachos, por tercos, por desaparecidos, porque él y su mujer “se dejaron”…el chofer asiente, con la vista fija en la carretera 7, el rosario de muertos de la mujer cayéndole encima.

A mi lado un hombre habla con otro en la esquina opuesta. El segundo lleva a una niña que ve hacia afuera y escucha música con los audífonos conectados a un celular.

Los dos hombres hablan de autodefensas, de unos conocidos de ellos que andan ahí de “revoltosos”,  de cómo en ese grupo ya aceptan cualquier cosa, “meten a cualquiera pues y no controlan”.

Hablan también de los conciertos que vendrán para las fiestas patronales de Santa Clara.

Trenzan su opinión de los autodefensas con la de los grupos musicales y de pronto, paran las frases al vuelo para terminar la idea en purépecha. El hombre que va solo voltea a vernos fijamente al terminar así las frases.

Pienso en los policías, en la radio de onda corta y como, cuando pasa algo grave, cambian de ancho de banda y van a Matra. El purpécha aquí, es una especie de Matra, encriptado para el entender ajeno.

Dudo poder reconocer el pueblo así que le pido al hombre de palabras encriptadas que nos avise cuando lleguemos a Eronga.

-Es el poblado siguiente de que yo me baje- avisa, mientras sus ojos saltones agregan que hoy en día, no mucha gente va a Eronga.

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Llegamos a la plaza que es como cualquier plaza. Me empiezo a arrepentir de intentar resucitar aqui algo, pero me alegra tener a mi lado a Rihan quién no desaprovecha ocasiones para ejercitar su pocking stick.

Llegamos a un puesto de pambazos, uso la única información arqueológica que poseo.

-Oiga, ¿aquí tenía una escuela un gringo?

-Si, él vive al final de esta cuadra, final final en un portón va y toca. Don Piter.

Caminamos y caminamos por cuadras de casitas bajas y tierra roja hasta donde el camino se estrecha devorado por plantas. Ahí casi contiguos hay dos portones, uno negro y otro de ladrillo.

– ¿Y si nos abre un narco?

Hubiéramos pensado eso antes, pero ya es tarde, la campana alertó a los perros que alertarán sin duda al dueño, sea o no sea narco.

No abre nadie.

Del portón de ladrillo sale una camioneta verde con unos gringos viejos y apuramos el paso hasta ellos.El conductor se llama Eduardo, o así le llaman aquí,  y titubea en español hasta que hablamos inglés. Con él va una mujer de copiloto y otro hombre.

–Well you speak perfect english, im glad…. [Hablan inglés perfecto, que gusto]

Le explico nuestra búsqueda y me dice, que Peter, vive aquí pero la escuela siempre estuvo a la entrada del pueblo. Que su escuela progresista funcionó por casi 30 años pero que ahora ya no.

–Hop in, Ill take you, we are going out that way. [súbanse, nos queda de camino]

Subimos a la van sin pensarlo, eso de juntarme con alguien igual que yo es un riesgo.

Nos cuenta que fue maestro de arte en Nuevo Mexico, en un lugar llamado La Española, que vino acá cuando estaba en la universidad y dió clases de arte en la escuela de Peter, le pasó como a mí, se enamoró y volvió acá con su esposa  cuando ambos se retiraron.

–His project changed so many- dice-I always knew some of you would come back  to thank him. I always tell him, those kids are coming back one day and here you are!!!

[Su proyecto tocó a tantos, -dice- Yo siempre supe que algunos de ustedes volverían para agradecerle, siempre le dijo, esos niños vendrán un día de estos. Y mira, aquí estas tú.]

Nos ofrecen galletas pero estamos llenas, el señor del asiento trasero susurra

–Ill just pretend you girls had some,[voy a fingir que ustedes agarraron] y se embolsa un puño de galletas.

Es muy de viejitos y de niños andar con los bolsillos pegajosos y llenos de moronas.

Nos cuenta que Peter vendió o traspaso la propiedad hace tres años y ahora la escuela operan en Querétaro, con la situación de violencia acá nadie mandaría a sus hijos.

Nos dejan en la plaza indicando a donde ir. Nos ofrece llevarnos de regreso aPátzcuaroo y una cena de garden-tacos. Parece feliz de hablar inglés.

Al llegar a la cuadra esta un tipo montado en una moto. No se mueve.

Rihan se detiene como para leerlo. El poking stick es antena cuando es necesario.

Avanza, la sigo.

En esa cuadra esta la primaria del pueblo.

Llegamos al portón marcado como El Molino, la vieja fábrica de muebles que hoy es un lujoso spa, que hoy cierra.Tocamos, gritamos, movimos la chapa de metal haciendo ruido y aunque una de las puertas de madera estaba abierta, nadie nos abre.

Caminamos por la vereda que baja, terrosa, roja.

Los recuerdos me caen como las piedras que esperé hace tanto en mi primer viaje en tren.

Cada semana santa y cada verano acudían hasta aquí, niños de ciudad para pasar una semana aprendiendo de los artesanos del pueblo que aún hoy no supera los cinco mil habitantes. Así dió trabajo promoviendo el arte del panadero, carpintero, de la mujer que borda, de quién hace dulces típicos y trabaja el barro.

Recuerdo el cuarto amplio e iluminado, el entrepiso en el que dormimos todas la niñas. El dia que Pablo cayó en una fuente, cuando a Jimena le pico un alacrán en la regadera.

Luego siento las manos húmedas de barro que hice cazuela; el aserrín polvoso de lijar mi cama de muñecas; el olor a azúcar tibia y lanzar una hebra de dulce contra un palo con un clavo en la punta. El dulce se oxigena a cada golpe volviéndose oscuro y luego, se trenza con movimientos rápidos, antes de que endurezca.

Debería de recordar las clases de bordado, pero suelo olvidar todo aquello para lo que soy terrible y apenas al llegar a este muro de adobe puedo sentir en mis dedos la servilleta sudada, mal cosida y mugrosa en la que intenté bordar flores rojas.

La sudé tanto que en cambio quedó manchada, “sangrada”, fea.

Un mal intento que no recuerdo haberme llevado a mi casa. Ya entonces sabía las exigencias impuestas, hoy interiorizadas que  salen a flote cada día de terapia: Lo que no haces bien, no se muestra.

La propiedad es de toda una cuadra igual o más grande que la primaria del pueblo.Me da gusto saber que no invente su tamaño, que no fue como esos recuerdos de la casa de la abuela donde el pasillo de tres metros es un kilómetro en la memoria.

Bajamos por la tierra roja y agrietada hasta llegar a un campo de fútbol con una sombra donde come una familia.

El hombre, con pañuelo atado en la cabeza nos dice que eso fue escuela hasta hace tres años que vendieron.

–Ahora es un spa elegante donde hasta crían unos venaditos. Esa puerta blanca es sólo para los que trabajan ah. Ni pa´ que tocan. A un lado está el seminario.

Ahí sigue el tipo de la moto, que al vernos se lanza a la bajada con la moto y pasa cerca. Rozando. Advierte.Por si no lo habíamos visto.

No es posible pasar desapercibidas en un lugar minúsculo y ardiendo.

Vamos a la iglesia.

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Hasta hoy, Erongarícuaro tiene una sola iglesia, una sola plaza, recién abrió la segunda paletería.

La iglesia fue fundada en 1914, cuando sucedió el llamado primer milagro.

Cuentan largos pendones colgando de la entrada de la iglesia, que en ese entonces había un joven pastor que llevaba su rebaño a pastar, cuando fue levantado por hombres armados que se identificaron como federales,– pero podrían ser bandidos–, que lo llevaron a este pequeño poblado cercano para fusilarlo, acusado de traidor y de espía.

En el camino a Erongarícuaro, el pastor piadoso se encomendó a dios fervorosamente.

Entonces, cuando iba a ser fusilado se escuchó revuelo en las afueras del pueblo y los hombres armados, lo olvidaron, acudieron a la razón de ese ruido a enfrascarse en batalla. Entonces el pastor acusado de espía, corrió y corrió hasta un vado en donde se quedó quieto hasta estar seguro que todos se habían ido.

Este, el llamado primer milagro, fue agradecido por el pastor que ahí fundó una iglesia.

A 100 años de ese milagro, la violencia en Michoacán hace factible una repetición del milagro.

Cualquier tarde sin duda un pastor es levantado por hombres armados, que se identifican como federales, -pero podrían ser bandidos-, y  sin más deciden fusilarlo. Federales o bandidos, pueden entonces ser distraídos por detonaciones y acudir a la fuente de ese ruido, sólo para enfrascarse en batalla.

Si un pastor agradecido sale vivo de esa, sin duda construirá acá otra iglesia.

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Volvemos a la plaza a comer quesadillas. Compro una paleta de guanábana.

Volvemos a recorrer las calles rojas con casas de teja para volver a donde salieron los gringos. De cada portón salen hombres con huaraches, guadaña o machete en mano.

El profesor de arte nos dijo que al jalar del alambre se abre la puerta.

Rihan me dice que La Española es una zona pobre de Nuevo México, número uno en consumo de heroína en el país. Ahí esta la camioneta, tiene placas de Sinaloa, ¿porque tendría placas de Sinaloa una familia norteamericana en Michoacán?

Adentro nos ladran unos poodles que se asoman por las ventanas, pero no abre nadie,

Me da gusto que el pocking stick también sea antena.

Ni nos quedaremos noche, ni les pediremos raite.

Vamos a otra de las casas de la propiedad y nos sale un cachorro. No hay nadie.

 

truena y no llueve

 

Volvemos al portón negro para un último intento.

A esto se arriesga una si vuelve 27 años después sin avisar.

La puerta interior sigue abierta, nadie abre.

Vamos al parque, ahí en espera del colectivo hablamos en voz baja. Hemos caminado un montón, punzan las piernas.Emprendemos el camino de regreso y resisto la tentación de dormirme.

Pasamos una enorme casa rosa que dice Hogar de la Santa Muerte y esta llena de imágenes de todos tamaños. Resisto la tentación de bajarme.

Volvemos a Pátzcuaro, hablamos con el dueño de Mandala y le cuento mi búsqueda.

Conoce a Peter, aún va a Eronga cada par de semanas, justo acaba de pasar por aquí y pasó saludar. Mandala, con sus pizzas de anchoa, ajo y aceitunas, acompañadas de cerveza barata es una especie de embajada de gringos y parias auto exiliados acá.

En la mañana, no esta el dueño pero le dejo una pequeña nota escrita por si vuelve Peter y toca contactar. Dice:

–Estuvo increíble-me dice Rihan de regreso–deberías de estar satisfecha, descubriste un montón, sobre todo considerando que llegamos con “¿conoce un gringo que tenía una escuela aquí? no manches”.

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