Food Trucks

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Daniel Mata espera al rotulador que por fin bautizará a su próxima aventura: La Calafia, una propuesta de parrillada que combine los sabores tijuanenses, migrantes de tantas partes del país y del mundo.

“En una Calafia, el transporte colectivo más usado en Tijuana, te puedes encontrar a  pasajeros de Michoacán, del Salvador, chinos, de Sinaloa, todos compartiendo una misma ruta, una misma ciudad, entonces quiero recrear esa riqueza en el menú de mi nuevo food truck, donde hay tostadas, una gordita de masa y un pescado zarandeado completo” dice el chef de apenas 24 años.

Éste el segundo food truck (camión de comida o lonchera) que abre Mata, el primero Via Vis es una propuesta de pizzas a la leña y ensaladas que luego de peregrinar por algunos puntos de la ciudad estará instalado en un nuevo espacio llamado Bunker, donde lo acompañan La Crepería, -de comida francesa- y Mi Lupita, que ofrece tacos y tortas.

Siguiendo esta tendencia que se ha sentido en Los Ángeles, San Francisco y Nueva York, ahora en Tijuana hay carritos de comida en el centro, zona Río y la Cacho.

Propuestas como The Rib Shop dedicada a costillas barbecue, La Empanadería, empanadas argentinas, Urban, comida Mexi-terránea, Tatami, especializada en noodles, Chalita, comida mexicana con opciones vegetarianas; hamburguesas de borrego, papas rellenas.

Detrás de la moda está la practicidad de la propuesta del food truck, que ofrece una manera viable de empezar un restaurante, con una cuarta parte de la inversión, un permiso a precio accesible y mucho menos trámites previos a la apertura.

Ofelia Nuñez dueña de La Crepería y maestra en la escuela de gastronomía Culinary Art School atribuye el boom al gran número de egresados de esta escuela que buscan hacerse un lugar en los paladares de la ciudad.

“La ventaja de este modelo es que puedes irlo acondicionando a tu paso sin preocuparte de que ya está corriendo la renta” dice Nuñez, “puedes ir invirtiendo lo que tengas, viendo lugares para ponerte, jugando con el menú, sin que eso requiera una inversión exorbitante o pasar meses sin ingresos”.

Los primeros food trucks lograron obtener permisos de ambulante que cuestan unos $300 dólares por un año de operación y permiten estacionarse en lugares céntricos y cercanos a oficinas, pero esos permisos se agotaron para esas zonas y ahora se ha optado por rentar espacios conjuntos -lotes baldíos, estacionamientos o locales comunicados- donde los comensales pueden elegir entre varias propuestas y se ofrecen mesas compartidas.

Tal es el caso de Estación 55 en la Colonia Cacho, Telefónica en el Centro y Colectivo 9, ubicado en plena avenida Revolución que además ofrece cerveza artesanal.

Entre las ventajas también hay retos, los espacios reducidos de cocina que piden un menú acotado y sencillo; un tope de precios ya que para permanecer competitivos con comida callejera los precios oscilan entre los $7 y los $15 dólares por comensal, sin contar bebidas alcohólicas, ¿cómo lograr eso ofreciendo pan casero y productos locales?

Sergio Salgado tiene 28 años y hace dos meses que abrió Danke.

El fenómeno, novedoso y atractivo en la ciudad está en alza, pero todo buen cocinero sabe del punto de saturación, el momento en que el mercado no pueda sostener un food truck, un puesto más.

“Lo complicado no es abrir, sino mantenerte” dice Ofelia, “ser fiel a tu concepto original, sin ser inflexible, sin duda el público irá descartando”.

 

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