Formando arquitectos con tierra bajo las uñas

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En la colonia Coahuila en Tijuana, famosa por sus bares y prostíbulos, está un edificio de cuatro pisos donde hasta hace poco funcionaban una refaccionaria y la oficina de Salubridad a la que acuden las trabajadoras sexuales para su chequeo médico mensual.

A un lado hay un lote semibaldío lleno de escombros. Arde un montón de basura.

El lugar no es bonito, ni limpio, ni está bien ubicado y eso es precisamente lo que atrajo a Jorge Gracia a habitarlo y plantar aquí la semilla de escuela de arquitectura.

“Reusar los espacios es la verdadera arquitectura sustentable” dice Gracia, “el plan entonces es generar empleo en la zona, vincular la escuela con la comunidad para gestar una restauración socioeconómica, precisamente aquí, donde hay tanto potencial, historia y se necesita”.

Gracia es el arquitecto detrás de grandes proyectos incluyendo tres tiendas Liverpool, Culinary Art School, La Caja Galería y la Vinícola Encuentro Guadalupe, ganadora de premios incluyendo Travel+Leisure Design Award por mejor hotel pequeño 2012; Hospitality Design 2012;  Red Dot 2012, mención honorífica de los premios LA de Miami 2013, Plataforma Arquitectura Obra del Año 2013 y forma parte de la lista de Conde Nast de mejores hoteles del mundo del año pasado.

La escuela es una aventura que tardó más de tres años en materializarse.

Hoy las escaleras iluminadas llevan a un espacio renovado, con madera tratada, señalética moderna y paredes de pizarrón con gis y dibujos. Por un ventanal de piso a techo se ilumina una maqueta impresa en 3D donde un estudiante va poniendo arbolitos en línea y alguien más mira fijamente una pantalla.

El sueño de Gracia es una escuela de arquitectura lejos de la propuesta clásica que forme arquitectos con un sentido de pertenencia a su lugar, preparados para la competencia global.

“Generalmente uno empieza a aprender cuando sale de la escuela, no durante” lamentó, “entonces la propuesta es hacer algo mucho más práctico que recupere por un lado los oficios vinculados con la construcción; cargar, pesar, medir, doblar varilla y por el otro el arte, porque se ha perdido la parte del arte y queremos dar ese giro”.

La Escuela Libre de Arquitectura apenas consiguió el reconocimiento oficial en julio de este año, por lo que tras sólo dos meses intensos de publicidad se inscribieron los primeros 14 alumnos.

“En el perfil es claro que  casi todos vienen de estudiar uno o dos años en escuelas de arquitectura tradicionales” dice Enrique Gonzalez Silva, director académico de la escuela “incluso hay un alumno que tiene 42 años,  ha ejercido como arquitecto pero no tiene título. Es lógico que una propuesta diferente atraiga a gente ya motivada y buscando otra manera de aprender”.

El currículum salió precisamente de un ejercicio de hablar con arquitectos preguntando ¿que me hubiera servido saber? y el resultado es una currícula cuatrimestral dividida por módulos, incluye materias como administración de obra, manejo de clientes difíciles, trámites y permisos, ética, mercadotecnia e incluso una clase de arquitectura en la música impartida por Ramón Amezcua, músico precursor del grupo Nortec.

En lugar de biblioteca física se propone un acervo en PDF,  no se planea tener laboratorio de computadoras sino que cada estudiante tenga sus trabajos en laptop personal.

La consigna es visitar cada semana la obra y en tres períodos de tres semanas los alumnos saldrán a hacer prácticas en despachos nacionales e internacionales.

“No queremos arquitectos de papel” dice Gonzalez, “los horarios permiten que los maestros sean profesionistas activos en su ramo, pero también que los estudiantes empiezan a trabajar en un despacho durante sus estudios, que vayan buscando colocarse desde el principio”.

El edificio tiene siete espacios incluyendo una tienda-galería Wastelab y dos despachos de arquitectura, incluyendo el del propio Gracia. Se plantean eventos mensuales, pláticas, conferencias y talleres. Por ahora hay solo tres salones y en mayo del año próximo demolerán algunas paredes para hacer tres talleres de oficios, incluyendo carpintería y herrería, a miras de dar trabajo a gente local.

Aunque ya hay propuestas de replicar el modelo en otras ciudades, para los creadores de la escuela es claro que esto está gestado y pensado para Tijuana, una ciudad abierta a procesos nuevos y de la cual conocen el contexto, donde quieren educar al público sobre la importancia de un buen diseño.

“Sé que estoy generando competencia” ríe Gracia, “pero mi meta es más allá del dinero, dejar algo para Tijuana, privilegiar el diseño, el reuso, profesionales responsables con el medio ambiente y una mejor ciudad en todos los sentidos”.

 

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