La rebelión de las fresas [primera de cuatro partes]

Jornadas de 12 horas, semanas sin día de descanso, acoso sexual, amenazas, salarios de hambre, agua salada para beber, insultos y desprecio llenan la canasta de denuncias en el campamento de la  colonia 13 de Mayo, en San Quintín, Baja California.

Ahí, a la luz de la fogata donde se inflan las tortillas y el polvo envuelve todo, los jornaleros migrantes, indígenas que vienen de Guerrero, Oaxaca, Chiapas, cuentan experiencias como la de Emilia, quién viste un huipil rojo típico de los indígenas triqui.

Jornalera desde los 12 años, como su madre antes de ella, Emilia es una indígena de origen oaxaqueño que se casó a los 14 años y tiene  tres hijos: una niña de 11 y dos niños de 7 años y 18 meses de edad.

En los 14 años que tiene trabajando  en el campo ha recorrido muchos ranchos, y desde hace dos años trabaja en Berrymex recolectando frambuesa.

“La temporada que entramos por hora venimos sacando 933 pesos, trabajando los 6 días, pero si fallamos un día nos quitan 300 pesos, venimos sacando 600 pesos a la semana. La temporada baja. En temporada alta depende de cada uno de nosotros, cuánto nos rinde la pizca de mora, de tomate, depende de las jarras o cajas o botes de lo que hagamos, depende. Yo lo que he ganado al día son unos 300 pesos, pero salgo de mi casa 5:30 y llegó a las ocho de la noche a mi casa y no veo a mis hijos”, cuenta Emilia.

Emilia muestra los recibos de Moramex -la empresa administrativa de Berrymex-, donde se muestran semanas de pago de entre 488 pesos y 1,314 pesos de pago apenas la semana antes de la huelga.

Emilia también muestra sus manos, que tienen pequeñas áreas callosas en los nudillos.

No la dejan usar guantes para piscar porque contamina la fruta. Entonces, la planta espinosa le hace pequeñas cortadas en las manos y cada noche al llegar a su casa se quita las espinas con una aguja que desinfecta con la llama de una vela.

“Arde cuando me lavo las manos o echo tortilla”, dice Emilia, “pero los americanos piden calidad, mejor calidad, calidad siempre. No hay que maltratar la fruta, que quede bonita, intacta perfecta en su cajita.”

Teresa es otra mujer de rojo que se une a la conversación a la luz de la fogata del campamento.

“He trabajado en muchos ranchos y en el rancho donde más me han faltado al respeto es con Popo García, hay mayordomos generales que me faltan al respeto como mujer y por defender mis derechos me han corrido y ellos siguen ahí. En los baños no hay papel sanitario, los baños están muy sucios, nos dan agua salada (para tomar), en tiempo de calor. pero nosotros no podemos pedir, ni exigir. Si nosotros exigimos que nos adelanten el agua para que nos quede más cerca, ellos se enojan con nosotros”, cuenta, sin dejar de amasar y poner tortillas a la lumbre, con los movimientos raudos de quienes trabajan sin parar.

 

 

 

 

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