Lisboa

Lisboa es suavecita, amarilla,azul marino con azulejos hasta en las pestañas. Sus edificios son un alarde de alegría como lo son sus 26° centígrados después de los 7° de París.

Me propongo caminar poco, no fatigarse ni empujarme a hacer y hacer. Toca sentir, sentir.

Después del museo del azulejo me voy al castillo de San Jorge, pero como pierdo la parada acabo conociendo el arco, luego subiendo al museo de la tortura, al de las artes textiles, a los miradores con consignas anti-turismo en las paredes. 

Sigo subiendo y llego a más miradores que confirman mi sensación de esta ciudad tan suave,tan disfrutable. Tan fácil.

Tras de mí las parejas compran cerveza y la comparten con caricias, hombres y mujeres hablan y fuman sin parar en un parloteo muy latino y ameno. Luego llega la música y las campanadas de la iglesia tel atardecer de luz pareja y espectacular sobre un mar con casitas blancas y tejas y vida.

No evitó el llanto de saberme segura y bendecida. 

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