Los peligros de verme inofensiva

Voy al monasterio de dos Jerónimos porqué hay un concierto de orquesta metropolitana de Lisboa.

Para llegar paso por la famosa fábrica de pastelitos de Belén que tiene unas filas kilómetricas. Decido que puedo vivir sin probarlos.

Llego temprano y pregunto en la fila. El consenso es que no hay consenso. No se sabe si hay boletos. Al llegar a taquilla me confirman que no hay boletos pero que espere a un lado a ver si se liberan.

Conmigo esperan una mujer mayor de turbante verde esmeralda y un hombre entre canoso y calvo que tiene la nariz colorada. 

Ella le hace gestos y le da la espalda. Empieza a quejarse conmigo de un portugués que fingió ser diplomático extranjero con tal de obtener boletos.

Al darnos la espalda el supuesto diplomático ella le saca la lengua.

Lleva en el pecho dos cadenas con la mano de Fátima con pequeños diamantes. En sus oídos dos ramas incrustaciones de esmeralda. A veces recuerdo a la gente por sus joyas.

El hombre me pregunta si soy española.

-Mexicana-digo

La mujer del turbante toma el hilo.

-México, como he llorado por México. El país más hermoso. Soy amiga de un sismologo y por años visité con él muchas ciudades; Puebla, Guadalajara, Cuernavaca, San Cristóbal. Qué tragedia y qué gusto verlos unidos.

– Si, es difícil sentir tanto dolor y tanta esperanza al mismo tiempo

-Ustedes y nosotros los brasileños somos muy parecidos, no iguales pero parecidos, ese dolor tan profundo y esa esperanza.

-al menos se está orillando a los políticos a dar lo de las campañas. A ver si se quiebra la semidictadura.

-Eso, eso. No hay dictadores sin el apoyo de las armas. No las hay. Así se terminó aquí en Portugal.

Luego me toma del brazo para susurrarle

-mi marido fue preso político y miramos ahora con la conciencia tranquila. Vale la pena luchar.

Yo no sé cómo no voy a llorar en la taquilla de un teatro a reventar. No sé cómo surfear esa sensación de que las personas me encuentran fácil para hablar, abrirse y llevar la conversación a lo más íntimo, a lo medular.

Lo atribuyó a que no juzgo a priori y además a que me veo inofensiva, incluso indefensa,aunque no sea cierto.

Aparece el marido de la brasileña y con un gesto diminuto le dice que consiguió los dos boletos. 

-seguro que entras querida, te guardo lugar. 

Luego voltea a la cajera y le dice

-Es Mexicana, cuidala, México es bien lindo.

La cajera sonríe y dice México, México.

Es una sensación terrible y bella ser una huérfanita mundial.

Cuando se va, el señor despreciado me dice que la mujer enjoyada fue ministra de cultura muchos años.

-por eso me desprecia, dice con una sobriedad desposeída.

Dos minutos después aparecen dos señoras a recojer sus boletos. Una se acerca y dice que tiene un boleto extra.

-es solo uno, mi amiga no pudo venir. Ven.

Las sigo mientras saco mi cartera para pagarlo. Las dos se ríen. Me explican que son benefactoras de la orquesta, que les regalan los boletos

Las sigo hasta el claustro que es bellísimo, en una noche de luna clara, sin estrellas.

Nos acomodan en primera fila.

-nada mal-dice una, llamada Esperanza.

Empieza el concierto y se me salen las lágrimas, de gusto, de alivio,de tanta belleza junta. De sentir una y otra vez a la vida dándome lo que ni imagino posible, lo impensable. Una vida de lujo y cariño de lugares insospechados.

Esperanza viene con su marido y Luz viene con ellos. Ellas son matemáticas y trabajaban en una empresa de electricidad hasta jubilarse. Ahora son benefactoras de la orquesta y pertenecen a un club llamado viajeros de Lisboa que organiza viajes. Acaban de regresar de San Petersburgo.

Me regalan un caramelo y acabando el concierto me invitan a pasar al ambigu, con vino, Quiché y salmón con toronja.

Les cuento de los pastelitos, de que me encargaron una Catalana y me presentan con el director de la orquesta.

Luego me acompañan a pedir los pastelitos y me dejan a cuatro paradas de metro de mi casa.

En el metro devoro los pastelitos que sin duda son lo mejor que he probado. Una masa de hojaldre con crema catalana o jericalla adentro. Se les pone canela.

Cada paso la vida me dice que confíe, que la deje trabajar. 

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