Mumbai

Mumbai es una ciudad gótica conquistada y reconquistada por su latitud tropical. Aquí, los manglares son dueños de las calles de adoquín, suelto como las grandes fauces de un niño perdiendo los dientes.
Es bajo su sombra que hay altares al lado de los cuales tomar siesta. Siempre la siesta en las horas más tibiasde la tarde.
Los edificios que parecen transplantados de Inglaterra, se visten de musgo y enrredaderas mientras los acarician cientos de cuervos de cuello gris y alas tornasol, azul y púrpura.
Bajo su torre del reloj y altas cúpulas se juega criquet por las tardes para luego tomar jugo de caña o limonada con sal.
Nada esta seco.
La perpetua húmedad evaporada va arropando los cuerpos en una neblina arrulladora y tenaz. Una canción de cuna meciendo la sien de una ciudad entera.
Aquí hay más graffiti, más gatos, lánguidos, flacos, tigres enanos merodeando las bardas a la caza de leche y cariño.
Aquí hay menos templos que en el resto de India, quizas porque la fe se vibra al aire libre, con flores y velas en las banquetas, ofrendas de naranja y azahar al pie de los troncos de árbol.
Como la Habana en red bull, cuál Nueva York de la selva,  esta ciudad tropical, tibia, vibrante es zumbido en cada esquina y murmullo de modernidad cosmopolita.
Su majestuosidad marmoleada en la más profunda de las pobrezas simboliza la danza salvaje de la civilización y la naturaleza. El triunfo de ninguna.

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