Ojos curtidos

En cada viaje me encuentro con ellas, las admiro de lejos. Paso el tiempo observando sus gestos y movimientos en estaciones de tren, en cafés y calles ruidosas.
Ellas son estas mujeres de 50, 60,70 años, de ojos claros de mirada curtida. Serenas.
Las veo viajando solas, en pareja o en grupos de amigas.
Su andar es rítmico, su ropa es cómoda y traen joyas discretas pero de calidad.
Su mirada, tan cambiante como los tonos de los cuerpos de agua en todo el mundo tiene una serenidad que envidio, como si mis pupilas estuvieran todavía en mar abierto, turbias, luchando tormentas y huracanes mientras ellas, ya llegaron a un delta, a un estero a una laguna de contento que ni mis pupilas ni mi alma aún conocen.
Su quietud curtida es saciedad y no se parece en nada a la desesperanza, leo quietud en su piel curtida de sol y viento. En su sonrisa que ve pasar tormentas y parece responder sólo a lo que importa.
Cuando observo su andar rápido y claro me pregunto ¿como llega una ahí? A ese lugar de comodidad flexible, aventurera y saciada.
Lo único que se es que se curten viajando, amando, haciendo maletas una y otra vez, mudando, transmutando, amasan su existencia pasando sus dedos por seda y piedra y plata. Leyendo por las tardes con tazas de té en sus vientres y por las noches de cigarras y luciernagas sueltan cual confeti carcajadas remojadas de buen vino.
Su hogar son ellas.
Estoy segura que bailan, que arriesgan, que sanan, cuidan su corazón limpiándolo de plagas para que siga floreciendo.
Verlas por los caminos que recorro aún tremula, verde, vascilante, me hace querer llegar así a mis días de 50,60, 70, me ponen contenta de tener ya 35, camino a allá.

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