Perdida en la selva de white-noise

salento

Luego de la derrota de Colombia en el mundial, mi anfitriona colombiana Diana y yo dormimos temprano en un pueblo de luto. Salento lloró bailando.
De mañana tomamos un willies —una especie de jeep bastante viejo y con cuerpo metálico—, que es único tipo de auto que aguanta las curvas y la altura de las carreteras de Salento o de esta zona del Quindío. Ahí, en tablas paralelas usadas como asientos y bajo techo de lona cabemos unos ocho turistas.

El camino es verde esmeralda y a cada paso se abren puertas de rancherías donde están los campesinos sus recipientes de leche listos para ser recolectados y llevados a pasteurizar.

El paisaje y la costumbre de campo hacen de aquí un lugar sin tiempo, podría ser 1950, 1970, el año 2000 u hoy. Estos hombres de campo que empezaron la jornada antes del amanecer, sin duda se ganan los vastos desayunos que ofrece Colombia; con mucha carne, arepas, choclo, yuca, arroz para reponer fuerzas gastadas en la labor del campo, extenuante.

El willy se detiene a la entrada del parque nacional, enmarcado por una estructura de madera y un par de puestos de arepas, en una fila están los caballos a espera de jinetes inexpertos con los que ejercitan infinita paciencia.

Diana, mi anfitriona colombiana y yo nos adentramos por una puerta de metal sin vigilancia pasando por un hermoso valle verde claro por el que apenas se marca un camino de tierra.

Sin previo aviso, Diana emite una advertencia: “No se nada de primeros auxilios, si te caes o te rompes un hueso tendremos problemas, nomás digo”. Ella estaría igual pero, ¿para qué decirlo?

Luego de pasar por campos verdes de hierba baja, llegamos a un letrero que advierte que entrar al parque se hace a riesgo personal y aconseja hacer la caminata en grupos de tres.
Somos dos.

Una pareja de suizos desiste de continuar y regresa por el sendero. Nosotras en cambio seguimos adelante, por inconscientes, por temerarias o por vivir ambas en el contexto latinoamericano donde cada latir es bajo nuestro propio riesgo, desde que tenemos conciencia de estar vivas. Ambas estamos con la claridad de que no hay garantías ni rescate esperado.

Los valles pronto se vuelven empinados y no tarda en devorarnos una selva tupida, oscura, húmeda y con nubes de moscos tan pequeños que por sí solas son imperceptibles.

Veo delante de nosotras a un par de mujeres con botas de montaña y mochilas bien puestas. El instinto me dice que ellas saben qué hacer.
Empezamos a hablar mientras nos ponemos repelente. Son una pareja de canadienses, una es hija de colombianos criada en Toronto, la otra, una blogger de viaje que está documentando su paso por aquí.

El paisaje hipnotiza con los tonos de verde cuál catálogo Pantone disfrutado con ácido.

Por todas partes se ven troncos altos, añosos, muertos, devorados por enredaderas, líquenes, plantas colgantes -parásitas- sobre las que revolotean insectos del tamaño de una mano.

Esta selva feroz se muere, se regenera y transforma en el mismo aliento, como en un palpitar circular. Soy en ella un microbio atrapado en el vaivén de sus pulmones gigantes.

Hemos caminado por la vereda perpendicular al río, cuyas aguas heladas burbujean y se suman al ruido de las plantas, de los insectos, del viento. Avanzamos envueltas en white noise que se rompe apenas por algún grito o graznido en lejanía.

Para avanzar hay que cruzar por puentes colgantes, la mayoría de un solo madero amarrado con alambre, del mismo que se tiende como guía. Un letrero más advierte que hay que pasar de uno en uno.

El alambre es tan delgado, tan débil, que parece más una ayuda emocional. Estoy segura de que caso de resbalar sobre el madero lamoso, ese alambre sólo haría una grave herida en la palma de quien se quiera sujetar.

Meditación activa: cada paso un aliento, un estar ahí, donde se está, va, va, va.
Devorar el hoy y dejarlo atrás. Mi aliento, el metrónomo de existir, va, va, va.

Cruzar esos puentes son los pocos momentos de sol que da esta selva, el resto del tiempo se avanza bajo una espesura que da frío.

Tanta sombra explica el porqué hay tantos insectos negros; grillos del tamaño de una mano, mariposas, escarabajos, todos negros para perderse fácil en la espesura natural.

Un letrero más nos advierte que estamos cerca del santuario de colibríes. Lo que no advierte es que para llegar hay que subir un intrincado sistema de escalones con pasamanos podridos y puertecillas inútiles devoradas por la humedad.

Al subir nos recibe la guardiana del santuario, una mujer obesa y tosca que nos cobra los cinco mil pesos (unos tres dólares) y nos ofrece algo de tomar.

Yo pido agua, Diana un chocolate caliente a base de agua similar al que se ofrece en Oaxaca. Oscuro, caneloso y con textura de arena.

Aquí el chocolate lo acompañan con una rebanada de queso salado.

Frente a las bancas donde la mujer nos sirve chocolate hay bebederos para pájaros, algunos modernos de plástico pero también platos hondos colocados bajo quioscos diminutos a donde acuden hasta cuatro colibríes al mismo tiempo.

No tienen un dejo de timidez y en cambio, son raudos y se aventuran a pasar por nuestra cabeza a toda velocidad antes de clavarse en el agua con azúcar que les ofrece la mujer.

Los hay con un plumaje de pingüino —todos negros con el pecho blanco—, otros marrones cuyo plumaje se vuelve rosa tornasol cuando se mueven y otros más, jade y azul con la cola larga, bifurcada en tijera que termina en azul turquesa.

Encarnación de la fuerza delicada, de una vulnerabilidad sobreviviente, tranquila y rauda.

Las cuatro estamos cansadas, los tobillos empiezan a resentir tanto terreno irregular, lodoso y con piedras. Arden los muslos y palpita la cintura.

La guardiana nos informa que nos falta más de medio camino, que hay que subir a un rancho y luego bajar por el sendero de la palma real. No, no es posible volver por nuestros pasos ni salir de aquí sin recorrer otro tramo equivalente al que hemos trazado.

Nuestro gesto nos delata y ella dice: “¿Les parece difícil?, no muñecas, a los demasiado difícil nomás no se llega y ya”.

Compramos más agua que ya nos hace falta y bajamos a paso lento por la escalinata. Ahora vamos a otro ritmo, lento, con pausas por el terreno de tierra suelta que se yergue ante nosotras a más de 50 grados.

Ahora, la selva ya no es, ahora son árboles, pinos sobre tierra rojiza. Pienso que estamos en una máquina pinball donde los árboles detendrían nuestros cuerpos si fueran a caer por la pendiente. La máquina de pinball sonaría a campanar por nuestros cuerpos despeñados.

Llegamos a un rancho donde solo están los jardineros sin los dueños. Nos abren la puerta y nos dejan descansar.

En mi bolsa descubro un mangostino (una especie de pitufifresa morada con sabor a guanábana). también encuentro un tubo de cacahuates garapiñados que le compramos a un adicto en recuperación. No compartí el mangostino, pero los cacahuates nos supieron a gloria.

El cielo truena. Aquí las lluvias caen como pared de agua sobre las hojas contentas.

Apuramos el paso y empezamos a ver las famosas palmas de cera, altas, arrogantes, banderas guardianas de la espesura verde por la que penetran el cielo.

Pasamos el valle adornado por las palmas de cera.

—¿Cómo los ricos del mundo no han visto en este maravilla un gran campo de golf?
—Shhh— le digo a Diana, —no te vaya a oír una transnacional española, de esas que nos están jodiendo a todos.

La civilización fue un puesto de paletas. Naranja y uva.
En la cabaña de salida estaba un guardabosques.
—Oiga, perdone, ¿cuánto es el recorrido por el parque?— le digo yo recuperando el aliento.
—Unos 16 kilómetros calculo yo…
—¿Hasta el santuario?
—Ah, más. Como 17 y medio, los letreros están mal porque miden lineal y no toman en cuenta la pendiente, por eso la mayoría de la gente lo hace en caballo nomás, ¿no me diga que lo hicieron caminando?
No le digo.

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