Pétalos de muerte transmutando

Llego y me entero que Tashi,-mi amigo fotógrafo-,no está en Delhi, fue a Darjeleeing porque su padre pelea cotra el cáncer desde hace tiempo. Por su voz sospecho que quizás ya no pelea.
Visito la casa de Gandhi, su última morada antes de morir de tres tiros en el 48.
El lugar, congelado en el tiempo es un testimonio de como vivió, pensando siempre en que podría ser ese su último aliento, o el siguiente, o el siguiente, o este, o este. A cada paso la conciencia de su muerte le daba constancia, propósito, claridad, siempre sabiendo que nuestro único legado son nuestros días, vividos por un propósito.
Es octubre y la ciudad se tapiza de cardamomo y Cempasúchil, Marygold le dicen los anglos y aquí se llama Gendu.
Como en México, es también la flor de la muerte, la flor femenina, símbolo del útero, de la tumba y de la sangre ritual-menstrual.
En la edad media, en Europa a las mujeres con fuerte olor menstrual se le llamaba Marygold y entre los mayas es esa misma flor cuyo olor llama a los muertos, el olor de la diosa Xochiquetzali, quien manda sobre las flores, cuida de la fertilidad, el amor, las embarazadas y las cosechas.
La leyenda dice que guarda su flujo menstrual en 13 vasijas, de las primeras 12 salen por igual milagros y maldiciones. La vasija 13 contiene el secreto de la inmortalidad.
Aquí en Delhi se prepara todo para el Dwali, el festejo de fin de ciclo, el fin, la muerte, el festival de las luces, de quemar lo que fuimos.
El fin de ciclo es lunar, tambien llamado Depavalli se celebra a finales de octubre, cinco días de ritual para el que venden guirnaldas de Cempasúchil, adornos amarillos y dorados, flores rosas y  cuetes, muchos cuetes, como si el fin de ciclo tuviera que ser estruendoso, definitivo.
Antes del dwali, el 11 de octubre, las mujeres casadas se tiñen las manos y los pies pintados con henna y pasan el día en ayunas, luego, salen a ver la luna y orar por un matrimonio feliz y larga vida a sus compañeros. El 29 de este mes es la fiesta solar que corresponde a los hombres.
En medio esta Depavalli, cuando se paga lo que se debe, se devuelve lo prestado, se fincan y se liquidan amistades.
Es un corte de caja de nuestra propia vida, es hojear reflexivos un cuaderno terminado para luego guardarlo en el cajón y empezar otro.
La constante conciencia de la muerte no es ni horror, ni fatalismo, diría incluso que da cierto alivio.
Vivir con ella, vivir esas pequeñas muertes diarias, esos cambios de piel, aligeran la abominable pesadez de lo invencible, lo hacen cotidiano.
Si todo esta constante transformándose, morir es tan impermanente como estar vivos, un estado pasajero hasta que sige el camino como carroña, pasto, planta, minerales. Esa certidumbre domestica el miedo y paradojicamente, hace vivir distinto, con la muerte de copiloto.

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