Ser como Jackie Nava

jackie nava jackie firmada jackie sonriendoSubo por una calle donde corren ríos de lodo que transportan piedras. En la cima hay unos edificios que adivino azules entre la pintura descarapelada y el grafiti. Había estado aquí cuando seguí la historia de un secuestrado y otra vez que reporté la noticia de un par de asesinatos. En el patio común hay una fila de columpios oxidados y vacíos, meciéndose encima de charcos que crecen bajo la lluvia fina. A un lado de los columpios veo un mural con letras grafiteadas que dice “Jackie Nava“. Y justo enfrente, un flamante BMW blanco, brillando de nuevecito, estacionado en esta calle de Infonavit Cachanillas, una colonia del sureste de Tijuana. Es aquí donde vive la pugilista Jacqueline Nava,  quien ganó en enero pasado el campeonato supergallo de la AMB (Asociación Mundial de Boxeo). El pequeño departamento, ubicado en el segundo piso, se lo presta su entrenador Miguel Reyes desde hace unos años y el lujoso automóvil se lo dio su promotor, Fernando Beltrán.

—Me lo regaló porque en la segunda pelea con Ana María Torres (en julio de 2011) todos estaban con que me la robaron, yo iba ganando bien. Fernando Beltrán y los fans estaban muy molestos con los jueces —dice Jackie, sentada en la sala, llena de trofeos, guantes y fotos de sus peleas.

La mexiquense Ana María La Guerrera Torres es la campeona supermosca del Consejo Mundial de Boxeo, la archirrival de Jackie. La primera vez que pelearon la tijuanense le ganó y luego vino un combate al que llamaron “La velada de las cuentas pendientes”. Ambas encarnan la eterna competencia entre el centro y el norte de México. Ambas son aguerridas y expertas. Ambas esquivaron el nocout hasta que el réferi alzó la mano de Torres.

Esa noche de julio de 2011 la promotora Zanfer organizó una fiesta para Jackie, y ahí, frente a todos, Fernando Beltrán interrumpió para hacerle una promesa: “No te hicieron justicia los jueces pero yo te voy a dar el reconocimiento que te mereces: te vamos a regalar un carro”.

Jackie no le dio importancia al comentario. “Muchos andaban medio pedos”, dice. Pero dos meses después, en la ceremonia de pesaje de Fernando El Chulito Montiel, Beltrán sacó las llaves del carro y sorpresivamente se las puso en las manos.
—¡Ay canijo, no puede ser! —balbuceó Jackie con cara de asombro—. ¿El carro, el carro? —atinó a preguntar.

Beltrán asintió y Jackie bajó las escaleras a toda velocidad: vio el BMW, todo para ella, con un moñito. Se trepó al auto y, envuelta en una carcajada de incredulidad, tocó el volante y disfrutó ese olor a hule de carro recién comprado. Ya no hubo quien pudiera bajarla, hasta la fecha. Era el auto de sus sueños, y Beltrán lo sabía.

La boxeadora de 32 años recién cumplidos me cuenta los detalles desde un cómodo sillón. Calza unas botas Croc de plástico rojo, aborregadas por dentro; tiene puesta una sudadera roja que trae el logo de su mote: La Princesa Azteca. Me ofrece un dulce, un “chicotito de cereza”. Luego confiesa que meses antes de que le regalaran el coche pasaba por la agencia para ir a entrenar y suspiraba: “Un carro de esos, no, ¡ni cuándo!”.

Al principio guardó el auto en casa de su mamá que sí tiene una cochera, pero pronto se dio cuenta de algo: la gente de su colonia la respeta, la cuida y la quiere, como la quieren muchos en Tijuana. Pagaría muy caro quien saliera de aquí, no sólo con el carro entero, sino con una llanta del BMW inconfundible, no se la acabaría. Sólo una princesa de verdad es respetada hasta por los ladrones de autos.

“Yo quería ser gimnasta”

La Killy —versión del diminutivo retorcido de Jaqueline— creció en estos rumbos de Tijuana. Así le dicen algunos familiares y los vecinos. En los rings la conocen como La Princesa Azteca. Su acta de nacimiento dice  Jacqueline Nava Mouett. Nació el 11 de abril de 1980 y es hija de Rodolfo, un popular mecánico y carrocero, y de Jaqueline Mouett, costurera y ama de casa, bonachona y paciente. Rodolfo siempre quiso tener un niño: cada embarazo apostaba y cada parto perdía. No le quedó más remedio que decir “todas mis viejas”, cuando hablaba de sus cuatro hijas.

—Él nunca me vio boxear, no supo que yo iba a ser boxeadora. Porque yo no iba a ser boxeadora, ni me gustaba, ni miraba box ni nada… ¡ni peleonera era! Nada que ver. Yo quería ser gimnasta.

Con el sueldo de mecánico, Rodolfo pagó las clases de gimnasia olímpicapara la niña Jackie, que durante la época de primaria pasó haciendo splits, jugando a “la trais”, trepando árboles, parándose de manos o haciendo maromas en la alfombra de la casa. El dinero para la gimnasia sólo alcanzó para un tiempo. Sin embargo,  Roldolfo construyó una especie de gimnasio hecho con barras de tubos de carrocería, enrollados con cinta adhesiva para que la pequeña no se lastimara. Además de carrocero y mecánico, inventaba cosas y practicaba karate Limalama.

La Killy cumplió doce años, cachetona, gordita, y enamorada de un chamaquito de 16. Su papá le sugirió practicar Limalama; ella quedó flechada por esta modalidad del karate. Empezó a tener más flexibilidad, más vuelo en las patadas. Las cabriolas cedieron frente a las catas y las cintas de colores. Ahí decidió: “De aquí soy”. El muchachito nunca le correspondió.

Gancho al hígado

La Killy Nava empezó a entrenar kickboxing en la prepa. Peleaba en 62, 63 kilos porque era piernuda, y sigue siéndolo. Cuanto tenía 16 años y cero experiencia compitió con una contrincante de 24 años, de Ensenada. Luchó con todo el coraje. Su bravura impresionó a los jueces. En su segundo combate noqueó en el primer round a la rival y empezó a ganar respeto, además algo de dinero. En 1997 la declararon novata del año por la Comisión de Box, Lucha Libre y Kick Boxing y le ofrecieron un encuentro donde ni ella ni el entrenador conocían a la oponente. Fue en Los Ángeles, en la plaza Zaragoza. Miles de paisanos en California estaban a la expectativa. Golpeó duro, pero no logró esquivar a su contrincante ruda que la dejó noqueada: Jackie despertó en el vestidor y preguntó: “¿Qué paso?”. Había salido caminando del ring, no recordaba nada. Tuvo la cara hinchada un mes y traumas durante años. Después de eso tiró la toalla: “No sirvo para esto, mejor sigo estudiando, eso es lo mío, y adiós al kickboxing”.

Tres años después Jackie estudiaba arquitectura y se había olvidado del deporte. El entrenador Miguel Reyes se la encontró un día esperando un un taxi y aprovechó para invitarla al gimnasio que acababa de abrir, el Reyes Gym. Sabía que Jackie batallaba mucho para pagar la escuela.

—Jackie, no te cobro, yo te entreno, no vuelves a pelear, te lo prometo —dijo Reyes—. Ve, nomás para que bajes de peso.

Fue un gancho al hígado: si de algo se preocupa Jackie Nava, como casi todas las mujeres, era (es) de su peso. Cuando estaba en la universidad estudiando arquitectura andaba arriba de los 70 kilos, que para su metro con cincuenta y nueve centímetros significaba un sobrepeso. Estaba totalmente olvidada de su vida de atleta. Además, comía mal y cuando lo hacía optaba por harinas baratas, que sin ejercicio le empezaron a hacer efecto en los cachetes y las piernas. Su papá no quería que trabajara, pero cuando enfermó de cáncer ella tuvo que dar clases de karate un tiempo, ayudar en la fábrica de chicharrones de su abuela durante el verano y hasta intentó ser cajera de un AM-PM. “Era pésima para eso”, recuerda.

Agobiada y buscando un desfogue, Jackie aceptó volver. Reyes todavía se burla de ella: “Llegó al gimnasio con una carretilla atrás de ella para cargarle las nalgas”.

(Al saber de sus peleas recurrentes con la báscula, esta periodista respira aliviada. Jackie Nava, la campeona del deporte rudo, que entrena cinco horas diarias en el gimnasio y tiene cuadritos en el abdomen, es una mujer como todas, con nalgas y caderas, una morra que ha tenido que conciliarse con sus muslos al espejo).

Jackie volvió a entrenar con Miguel Reyes. Al mismo tiempo, cual Cupido, Reyes convenció al antiguo boxeador Mario Mendoza para volver al gimansio. Mario, doce años mayor que Jackie, también había estudiado arquitectura.

En el gimnasio, Mario platicaba con Jackie cuando estaban acostados haciendo los abdominales, la acompañaba al taxi y a correr al CREA. Le daba ánimo tras el diagnóstico de cáncer. Y le decía: “Todo estará bien, se va a recuperar”. Pero un día, Mario regresó de un viaje que había tenido que hacer a Cancún y encontró destrozada a Jackie, su papá había muerto. Ahí estuvo para consolarla. Él dice que el amor es destino: “Ya nos tocaba”. Son once años juntos. Mario la admira, agradece que sean pareja, se dan carrilla. La creativa Jackie, como su papá, le da ideas para los proyectos en el despacho de arquitectura. Cada pelea él está en una esquina para darle energía y fuerza: “Échale coco vieja, piénsale”, le grita Mario, parafraseando a Rodolfo, el papá de La Killy.

—Mi papá siempre me decía que le buscara. Échele coco vieja, me repetía.

Rodolfo inyectó en ella una filosofía contra el miedo. En su memoria Jackie sube siempre al ring con un short de boxeo que tiene escrita la leyenda: “Para ti apá”.

Miguel Reyes había mentido sobre los planes para Jackie. Cando ella bajó de peso le ofreció una pelea de nuevo, kickboxing amateur en La Baby Rock.

—Es una chica de aquí cerca, mala, mala, va a estar bien fácil, no es nada para tu experiencia, está “papita” —describió.

La contrincante “papita” que prometió Reyes resultó ser altísima, con el cuerpo cubierto de tatuajes.

—Bien acá, bien killer —la recuerda Jackie—. Yo nomás dije “sáquenme de aquí, no manches”.

A pesar de todo, Jackie Nava ganó. Ahí empezó su retorno a las patadas.

En esta disciplina logró ser Campeona de Norteamérica en la Federación de Muay Thai, pero  las cosas empezaron a ponerse muy difíciles en el kickboxing.

—Me pagaban muy poquito, 200, 300 dólares cuando me iba bien, porque a veces no me pagaban. “¿Sabes qué? Te doy tanto”, me decían, ya con la pelea terminada. ¿Qué haces? —me pregunta.

¿Quieres ir a Hawái?

—Mi papá falleció en el año 2000, cuando yo todavía no ganaba ningún cinturón. Murió el 23 de mayo, y casi un año después yo estaba en Hawái. Era el aniversario de su muerte, me acordaba y me daba nostalgia, pero por eso me decía: “Voy a hacer algo, quiero hacer algo”.

La noche de su debut en el box la tijuanense estaba triste. Antes de que su padre muriera de cáncer, Jackie le prometió un cinturón de campeona. Creyó que sería en kickboxing, no de box. Este deporte llegó a su vida con una simple pregunta en marzo de 2001.

—¿Qué onda, se te antoja ir a Hawái? —Reyes le propuso pelear contra la estadounidense Vicky Cozy, en Honolulu.
—Pero no sé boxear —le dijo Jackie.
—No importa, yo te entreno, tienes la condición y la disciplina. Yo te entreno, y además, ¿cómo desperdiciar una invitación a Hawái?

Ahí estaba nuevamente su entrenador, convenciéndola, insistió:

—Vas a tener que decidir, (en el box) hay más peleas, te pagan más.

Jackie aceptó y poco a poco se fue metiendo más en la técnica de los puños.

—Sigo aprendiendo, voy a correr a diario, antes no me gustaba; ahora si no me levanto a correr no es un día bueno.

Esa noche en Honolulu la tijuanense estaba triste, sensible, pero aguerrida, inundada en coraje. Tuvo apenas seis semanas de entrenamiento para aprender a boxear y aún así le ganó a Vicky Cozy por nocaut, en sus propios terrenos. No se había bajado del ring y ya tenía agendada otra pelea, luego vino otra, y otra, al hilo.

Dos años después de la muerte de su papá Jackie cumplió una promesa al ganar el Campeonato de Norteamérica Súper Pluma de la IKKC, en una pelea contra Angela Rivera, en Alburqueque, Nuevo México. Y en 2005, Jackie Nava se alzó como la primera mujer campeona del Consejo Mundial de Boxeo (CMB) en la categoría supergallo, cuando derrotó a Leona Brown, después le siguió Leila Ali, la hija del legendario boxeador Muhammad  Ali. Hasta la semana pasada, la boxeadora tenía en su carrera 34 peleas, 27 triunfos, tres empates y cuatro derrotas. Su próximo combate es el 14 de julio contra la jamaiquina Lisa Brown, en Texas. Los aficionados al box esperan con impaciencia un tercer combate entre Jackie y La Guerrera Torres, la campeona supermosca. La revancha podría ser en octubre próximo.

—La gente ya vio quién fue la que gano, la gente se ha dado cuenta de quién ha ganado las peleas, (quién tiene) la mejor técnica. Si se da la tercera, por mí adelante, si me interesaría pero no quiero que sea cerca de México porque sería  como ir a Argentina, a otra parte, sentiría que estoy saliendo de mi espacio, pero ella (del Estado de México) también no quiere venir para acá, entonces hay que negociar. Guadalajara, Monterrey son grandes plazas… Ya si quieren Las Vegas, pues también.

Jackie es una boxeadora ortodoxa y letal, ha noqueado en doce ocasiones. También ganó la corona de la Asociación Mundial de Boxeo cuando derrotó a Chantall Martínez, una boxeadora panameña. El resultado lo festejó prácticamente todo Tijuana.

—A partir de las últimas peleas la gente me identifica por mi nombre, me pregunta, ¿eres Jackie Nava, verdad? Y antes sólo me decían ¿tú eres boxeadora? Antes era sólo una boxeadora, se siente muy bonito. De pronto te dicen “soy tu fan número uno”, y pues sí, es mi fan número uno, ¡pero son ochocientos!

Jackie Nava es símbolo de una nueva generación de box femenino que va ganando popularidad entre los fans del mundo del pugilismo, que hasta hace muy poco arrugaban la nariz al ver mujeres pelar, invadiendo la lona, territorio exclusivo de machos bien machos.

—La gente quiere la tercera pelea con La Guerrera, creo que sí hay cierta rivalidad y mucha gente del centro (del país) como que tiene un mal concepto de acá de Tijuana, como de mucho peligro, que no es seguro, y pues yo siempre les digo: “Si te portas mal, te va mal”. A mí nunca me ha pasado nada, yo hago mis cosas, yo trato de hacerlas bien, y pues me ha ido bien gracias a Dios, eso es lo básico.

Como pugilista, la campeona combina toda su experiencia deportiva en automático. Se abre de piernas en split completo y hace maromas, se siente más segura y más flexible en el ring: lista para bailar en la lona. Como atleta ha pasado de una disciplina a otra como en un pasamanos. Gimnasia olímpica, ballet folklórico, karate Limalama, kickboking, box.

La Basílica de Jackie Nava

Enfrente de una primaria pública donde revolotean niños en uniformes rojos está el Reyes Gym o mejor dicho la Basílica de Jackie Nava. Al entrar el ambiente es húmedo, huele a sudor y plástico con desinfectante. En las paredes hay imágenes, fotos, dibujos, autógrafos en fotografías blanco y negro donde el puño de La Princesa Azteca explota lanzando gotas de sudor con sangre. Como buen sitio de fe no faltan los recuerditos, tras el mostrador las sudaderas, camisetas, calcomanías con las cuales muestran su fervor los fieles.

Son las 5:30 de la tarde. En el salón principal hay treinta hombres descalzos acomodados en parejas frente a frente: obedecen las indicaciones de Miguel Reyes, el dueño del gimnasio, el entrenador de Jackie desde hace años, él es como un sacerdote que dirige el ritual de cada tarde:

Jab/ Cintura/ Gancho/ Red,
Jab/ Cintura/ Gancho/ Red,
Jab/ Cintura…

Los golpes al unísono ensordecen bajo el techo de lámina. Percusiones de puños. Cadencia de cadenas que rechinan sosteniendo los sacos de arena, vapuleados por seis pares de manos, su vaivén es lamento, un chirrido de metal.

Entra Jackie, puntual, discreta, serena, imperceptible. La chica de cabellos lacios al hombro trae puestos unos leggings negros bajo los shorts de boxeo, una banda en el pelo y una sudadera gris claro.

—¡En guardia! —saluda Jackie a la única otra mujer entrenando, con un tono juguetón y cómplice, después empezará el calentamiento en un rincón del gimnasio.

En este territorio de testosterona, la ex sparring de Jackie, la mujer a la que saludó, tiene el pelo en rizos que saltan con sus golpes y sus piernas bronceadas brillan de torneadas. De sus manos sobresalen las uñas acrílicas con diamantitos grises que, por ahora, cubren los guantes. Bromea mientras golpea las manoplas. Se alegra de ya no ser la sparring de Jackie: “Me ponía unas recias…”  Ahora Jackie sólo entrena con hombres, con los mejores del gimnasio, y les gana la mayoría de las veces.

Soprano de esta sinfonía, los golpes de La Princesa Azteca entran en el momento justo, cruzan el aire agudos y pequeños. Son rítmicos, sincopados, melodía juguetona que revolotea por encima de la percusión y el metal. La sudadera gris ahora está oscura, empapada del sudor que corre por su espalda. Golpea un saco rojo y viejo. Los hombres con quienes entrena se postran frente a ella y el entrenador Miguel Reyes va contando los abdominales como un hipnotizador: 27, 28, 29, 30…

Jackie Nava parece hechizada por el conteo, nunca levanta la cabeza, nunca descubre el cuello, así se acostumbró a entrenar karate. Parece no parpadear, como los tiburones. Nunca ve a la cara sino al pecho, pero a la vez su mirada oscila y nunca está quieta, está como en un trance.

Como una heroína

El sol empolvado cae sobre el Parque Industrial Los Pinos en Tijuana, donde unos cinco mil empleados entran a diario a ganar 700 pesos a la semana ensamblando cajas, material médico, muebles, guantes de látex, trabajando bajo las luces neón de una nave industrial.

Es tarde de viernes de quincena y unos doscientos empleados aún con mandil puesto y las manos cansadas, acompañados de sus hijos con uniformes de la escuela, hacen fila frente a unas carpas con sonido mientras las edecanes de una constructora les dan fotos de Jackie Nava.

—Ya arreglada, ya cambia campeona —le dice a Jackie un hombre coqueto, bajito, de bigote, vestido de overol de trabajo, mientras ella le firma una fotografía.

La Killy está metida en un traje sastre rojo y unos zapatos de tacón. Tiene las uñas pintadas también de rojo y luce un maquillaje cargado. El cabello lo lleva suelto y planchado. No es común verla así.

—Con razón no me reconocía la gente —dice Jackie frente a un espejo—. Me veo bien rara.

Anticipando las cámaras en la firma de autógrafos, Jackie va al salón Rossy’s,  al que acude desde sus 15 años. La dueña de la estética es doña Rosy, se conocen de toda la vida y la regaña como si fuera su mamá.

Jackie está sentada en una silla giratoria, con las manos extendidas para que seque el esmalte rojo brillante mientras una adolescente con el pelo quemado de peróxido le pone rímel en las pestañas.

—Si entrenaste tienes que comer —refunfuña doña Rossy y mete una cucharada de pescado hervido en la boca de la boxeadora. La estilista no quiere que use las manos para que no se arruine las uñas. Después de unos minutos, Jackie está lista y enfila a Los Pinos, donde anuncian su llegada con un corrido, tan nuevo que ni siquiera se ha grabado en estudio. La reciben como a una candidata en campaña.

Abran paso a la princesa
del boxeo mexicano,
que suene fuerte la banda,
cuando Jackie esté
peleando…

La firma de autógrafos la patrocinan una televisora local y una desarrolladora de vivienda, que a cambio de los datos de la gente les da una fotografía de Jackie y pone su boleto en una rifa para ganarse unos guantes de box, una televisión de pantalla plana, tostadores y planchas.

Abran paso a la belleza
del boxeo mexicano,
tierra de grandes campeones
que alcanzaron gloria y fama,
reverencia y caravana
para la gran Jackie Nava.

Mucho antes de salir este corrido, La Princesa Azteca ya tenía un séquito que incluye a la estilista doña Rosy y a un amplio grupo de señoras que van todos los días al CREA para acompañarla mientras corre de 5:30 a 7:30 am. Jackie les dice “mis abuelitas”. Cuando pelea en Tijuana, le llevan flores y se acercan para abrazarla.

Entre todas mandaron hacer una manta rosita con la foto de la boxeadora: “Jackie, eres nuestra campeona, atentamente tus fans del CREA”.

La Princesa  Azteca además ha conquistado el corazón de un grafitero que sin cobrar un peso le ha dedicado varios murales, incluyendo el que adorna el patio común de su edificio. Se llama Gerardo Orozco y le dicen El Mode —nunca le gustó su nombre, y como es fan de Depeche Mode, decidió ponerse así como grafitero—. Cuando le hizo el mural frente a los columpios de Infonavit Cachanillas no la conocía en persona pero ya la admiraba mucho, la había visto pelear. Sabía que  la morra daba unos “showsazos”, que golpea con todas las ganas, con todo el empuje. “Pelea con furia, como somos aquí en Tijuana”, ataja El Mode, trepado en un andamio afuera del gimnasio de Jackie Nava, que apenas se está estrenando. Él y el resto de los vecinos de Cachanillas pintaron ese mural después de que los jueces dieron al triunfo a La Guerrera Torres en Tuxtla Gutiérrez, Chiapas. Cuando Jackie llegó del viaje organizaron una comida entre todos para recibirla y vio por primera vez el mural frente a su departamento. El Mode sufre. “Pero ya vendrá la revancha, para nosotros ella ganó, es la campeona y la recibimos como tal”, dice el grafitero.

La escuela de Jackie

Aquí, frente a la canalización del Río Tijuana está la colonia Cepanal, una zona tranquila, conocida por tener buenos carroceros y mecánicos amantes de los vochos viejitos. Varias casas tienen una barda construida con puras tarimas viejas. En estas calles corretean niños y perros detrás de las pelotas durante las tardes.

En diciembre del 2011, Jackie abrió en este lugar un gimnasio para niños. Convirtió una vieja bodega de lámina en un refugio para que los pequeños aprendan la disciplina del boxeo. El Instituto Municipal del Deporte paga la renta del lugar y los gastos de los servicios salen de la venta de productos con el logo de Jackie, esos que se venden en su basílica, el Reyes Gym, y en los eventos a los que acude por invitación.

La parte de afuera tiene siluetas de Jackie que está pintando El Mode:

—Es que Jackie es mejor persona que boxeadora y eso anima a uno a darle algo, por lo que ha luchado y perseverado, entre más me entero de su vida más me mueve ayudarla —responde ante mi inquietud por saber sus motivaciones.

El Mode ha pintado dos paredes con figuras de Jackie: Jackie en pelea y Jackie brincando la cuerda, falta detallar un calendario azteca en un costado.

Miguel Reyes entrena a los niños en las mañanas y Mario, el marido de Jackie, durante las tardes. Hoy Mario está rodeado de chamacos. Va dando órdenes conforme ronda el gimnasio.

—¿Ustedes dos qué? ¿Están bailando o qué? Sepárense. No voltees, sólo escúchame o te pueden noquear —le ladra a un adolescente que no sigue las instrucciones y voltea. Le pegan. Sangra. Mario va por sotupos de algodón y un poco de hielo. Se torna preocupado después del ladrido y varios niños ven con miedo la sangre brillante sobre la camisa.

Mario sigue:

—No te arrimes a la esquina, salte de la esquina, ¡salte!

Cada tres minutos suena la chicharra y todos los pupilos cambian de posición o vuelven a la esquina.

Le pregunto a una chica su nombre y me responde con un balbuceo. Muestra un protector violeta y señala los guantes. Luego baja del ring y logra sacarse la guarda plástica. Es Leyvi Miguel Castellón Gómez, tiene 14 años y va en segundo de secundaria de la escuela 216 de Nueva Creación. Vive en la colonia El Florido, desde ahí toma dos taxis de ruta para llegar.

Su mamá es ama de casa y su papá es carnicero de la tienda Vons, de Chula Vista, California. A su papá le encanta el box y es admirador de Jackie. Cuando supo por las noticias que la boxeadora abriría un gimnasio averiguó como pudo la manera de llegar y se trajo a Leyvi. Ella tenía un rato pidiéndole que la llevara a un gimnasio, pero son privados, caros y no se puede. Ahora Leyvi entrena porque tiene una beca de buen promedio escolar, arriba de ocho. Se entretiene con el ejercicio y no está en la casa aburrida. Su papá dice que nomás venga dos veces a la semana. “¿Así que chiste? Que costee de una vez, ándale. Hago sparring y esa les parece buena razón para pagar dos taxis”, responde la adolescente, ella quiere ser como Jackie.

El papá de Leyvi está encantado, la presume a sus amigos. A su mamá, en cambio, no le gusta. Igual que le pasó a Jackie. “¿A qué madre le gusta ver golpearse a sus hijos?”, cuestiona la mamá Leyvi. Aguanta porque el pacto es que su hija pueda entrenar mientras siga bien en la escuela. Luego de una larga plática en la lluvia empieza a oscurecer.

Después de cuatro días cerquita de La Princesa Azteca sé que detesta el olor de la guayaba, no tolera la papaya ni el pastel de tres leches. No come carne roja, es amante del sushi y del queso crema. Su cereal favorito es el Lucky Charms y en Halloween pasado se disfrazó de una calaca con peluca azul, y nadie la reconocía. Me contó que leyó el reportaje de Javier El Chicharito Hernández publicado en “Domingo”, y que como él, cuando ella estaba chiquita tuvo un gran amor: El Kike, un chavito que no le hizo caso porque las prefería güeras, altas y flacas. El Kike ahora la ha mandando felicitar varias veces, viven cerca. ¡¿Qué le va a contestar?! Pobre Kike.

“Mi héroe es Jack Sparrow”

Le propongo a Jackie que responda unas preguntas de personalidad, y accede.

—Tu mayor virtud.
—Hacer ruido de grillitos prrr… prr … prr, prrrr. Perseverancia —agrega.
—Tu mayor defecto.
—Soy chillona ¿cuenta? Soy muy sensible, mucha gente no lo cree por el deporte que hago, obvio, no es ballet. Yo veo cómo los entrenadores les hablan bien fuerte a los peleadores, les gritan,  los insultan feo, y yo le digo a Miguel: “Tú me hablas así y yo lloro, hábleme bonito y sí entiendo”.
—Tu idea de felicidad.
—Estar en paz con uno mismo.
—¿Infelicidad?
—Estar sola. Estar solo como ser humano debe ser terrible.
—Lo que más amas en el mundo.
—Eso nunca me lo habían preguntado, la Nutella, la Nutella con peanut butter en una cuchara es como un Reese’s.
—Lo que más odias.
—Cuando se acaba la Nutella… Me molesta la mentira, la falsedad.
—¿A qué eres intolerante?
—Cuando no son honestos.
—¿Un héroe?
Jack Sparrow —señala una figura de plástico del legendario pirata que interpreta Johnny Deep—. Para mí es un héroe, no por ser pirata, sino por la actitud que toma de que no pasa nada, no se preocupa y le sale todo bien, sabe lo que está haciendo. No se estresa y disfruta lo que hace. Eso me gusta de él y trato de emularlo.
—Tu palabra favorita.
—Aprender o disfrutar.
—La que odias.
—Podría decir perder pero no, porque a veces aprendes de cuando pierdes. Odio que me digan no se puede, es imposible.
—Si murieras y llegaras al cielo que te gustaría que te dijera Dios…

La campeona se acomoda en el sillón acolchonado, cruza y descruza las piernas como si se fuera a levantar. Empieza a pensar en voz alta.

—Que me dijera ahí está el ring, ¿cuántos rounds?, ¿unos trompazos? Ve calentando que vamos a pelear.

La gran Jackie se pone seria, sobresale un brillo en sus ojos pero no deja salir ni una lágrima:

—Me gustaría que dijera: Bienvenida Killy, por allá te está esperando tu papá.

Publicada en la revista Domingo del Universal el 6 de Mayo del 2012 con fotografías de Roberto Armocida.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *

cinco + 5 =