Vendedores sin línea

Es mediodía y los tres jóvenes juegan fútbol frente a los puestos de cobijas y figuras de yeso, mientras que tres hombres mayores -rodeados de sombreros y artesanías- están como pegados a una pantalla donde 22 jugadores profesionales se disputan el balón.

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La escena sería idílica si no fuera porque estos seis hombres desearían no estar ni jugando ni viendo fútbol en un martes por la tarde y en cambio estar trabajando, pero no hay gente. Desde que se abrieron todos los carriles de la recién renovada garita de San Ysidro las esperas para cruzar la frontera se han reducido de dos a tres horas en promedio a esperas de 10 a 20 minutos, tanto que ahora los vendedores ambulantes y los de los puestos apenas ven pasar los autos, que quedan a menos de 20 autos en fila para cruzar la frontera.

En tres meses se han ido yendo los aveneros de las madrugadas, antes tan buscados por su pan dulce, champurrado y avena dulce con canela. Han desaparecido los muchachos con hieleras llenas de burros, los que cambian dólares y los “delivery” del café De Volada.

Gustavo Cervantes tiene 9 años vendiendo bolsas de churros con canela aquí en la línea. Hoy llegó a las nueve de la mañana y a mediodía sólo ha vendido cuatro bolsitas, de 20 pesos cada una.

Las tortas Johny, famosas por sus tortas de lomo, han visto su clientela reducida a menos de la mitad.

“De unas 80 tortas mínimo que vendíamos ahora son 20, 30 si no está tan flojo el día” dice Eduardo Quintero, empleado del puesto.

En los helados de yogurt Yogus, empezaron a ofrecer bagels y licuados para atraer la clientela y han extendido su horario.

Quizás los únicos que no han perdido clientes son los que venden seguros de auto. César Joaquín de 18 años y Manuel Acevedo de 17 pasan todo el día moviendo grandes letreros amarillos anunciando los seguros, por los cuales ganan comisión.

“La gente que no tiene seguro sí se para, a fuerzas” dice Acevedo, “porque se acuerdan ya que están aquí, entonces para nosotros la venta no baja, es la ley”.

Lourdes Lizardi Lopez es dueña de Abarrotes Don Charlie, que llevan el nombre de su esposo, ahora fallecido. Lleva 13 años con los abarrotes y tuvo un restaurante 15 años.

“Se ha ido acabando la venta” dice Lizardi, “primero por la famosa línea médica que de médica no tiene nada porque es una tranza del municipio, en realidad pasa puro privilegiado compadre, con placas de Baja California”.

Como en la línea médica se acabó la espera, Lizardi decidió cerrar su restaurante que quedaba de ese lado de la garita, ahora, paga 500 dólares de renta y cuatro mil de luz en los abarrotes y ya busca alternativas de negocio en otra parte.

“Aquí empezamos a vender tostilocos cuando nadie más lo hacía; empezamos a vender seguros en el 2010 mucho antes de que se saturara el mercado; tenemos café internet, o sea por inventiva no paramos” cuenta, “ahora muchos vendedores que tenían tres generaciones aquí, los hijos están lavando carros, en la maquila, porque nunca ni terminaron la prepa, su idea era quedarse aquí a vender como sus padres pero no está dando”.

Lizardi dice que lo que está pasando no es un simple cambio de mercado como los demás, sino una estrategia para desesperarlos y tumbar toda la plaza donde están los vendedores.

“No han renovado gafetes para el año próximo” dice con sospecha, “y hay mucho rumor de que quieren tumbar esta isla y poner centros comerciales de lujo en los lados, ya se están comprando los terrenos, pero no es justo porque a nosotros nos están vaciando nomás, sin tomarnos en cuenta siendo que construimos este lugar y le dimos la vida”.

Por ahora ni los que ven o juegan fútbol, ni la propia Lizardi saben qué depara el futuro. Algunos tienen sus esperanzas puestas en el Día de Gracias, las compras navideñas que quizás hagan las filas más largas, pero aún con eso, cinco días de venta difícilmente recuperan tres meses y medio de mala venta.

“Es bien curiosa la realidad, la felicidad para tantos es un infierno para nosotros” concluye Lizardi.

 

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