Vivir para contarla:Nothinghill 

Llegas a Nothinghill y un letrero te dice que Portobello Market está hacía el norte. Sigues un río de gente que entre la docena idiomas y modismos terminan siendo esperanto en tu oído aturdido. Todos hablan fuerte, caminan lento y toman muchas fotos. Te arrepientes un poco. 

Una caminata de diez minutos te lleva a Portobello, el corazón palpitante – y algo enfermo- de Nothinghill. Primero salen las tiendas de baratijas chinas con motivos ingleses: camiones rojos, cabinas de teléfono, banderas, camisetas, plumas que dicen Britain. Bolsos imitación. Frunces el ceño.  

Luego, por la misma calle aparece una tienda de Bansky, al que justo ha detenido la Interpol. Venden camisetas con su graffiti, la trivialización. Le siguen cuadras enteras de puestos de antigüedades en las que hay miles de cucharitas y platos floreados para el té ¿cuál es la obsesión de los ingleses por las cucharas? ; anillos tibetanos, abrigos militares y máscaras contra gas como en la película The Wall; discos de vinil y cuadros de los Beatles, que de seguro no les gustarían a los Beatles, todo con el fondo musical de un dueto callejero de adolescentes afro-árabes cantando covers de Amy Whinehouse. Su multiculturalidad es quizás la expresión más honesta del Londres de hoy.  

Llegas a una tienda de ropa de chasmire y los precios de tres cifras te desatan la risa. 150£ por un suéter color mandarina y 196£ por un chal. Prosigues. 

Luego una tienda de abrigos de lana con productos ingleses y de lana escocesa. Empiezas a pensar en que podrías comprarte ahí un auto-regalo de navidad. Te pruebas un abrigo 270£ y tu corazón suspira. Luego recuerdas que no vives aquí, que en casa no nieva ni está bajo cero nunca y que con ese dineral se pueden comprar muchas cosas que hacen falta. De salida tus dedos se deslizan por las bufandas brillantes y suaves. 

Sigues y el mercado se va haciendo más auténtico, más lo que adivinas que era. Ahora las calles tienen cafés y panaderías con displays de revista y olores que seducen hasta al más gluten-free. Decides comprar 2£ de frambuesas y blueberries para aguantar. Caminas. 

Los turistas más acerrimos se han quedado atrás, en los cafés abarrotados y los famosos puestos de crepas de Portobello, a los que acuden a peregrinar y poder decir “comí crepas en Nothinghill y fue increíble”. Los selfies y el instagrameo te dan náuseas. 

Sigues caminando y justo cuando crees que eso termina serpentea un poco más. Huele a marihuana y se estrecha la calle. Ahí ya no hay cafés pero si antigüedades de otro tipo: muebles, lámparas, letreros. Te enamoras de un cajón de imprenta para poner letras. 5£, pero nena, el viaje apenas empieza y cargar con un cajón por tres países es una necedad muy costosa. Prosigues. 

Ahora la calle está despejada y hay tiendas hermosas de ropa acomodada por tonos, entras y están dos mujeres trans hablando alegres de la vida de Coco Channel. Fuman. 

Acá, al final del tumulto hay cafés portugeses de nombre Oporto y Nova Lisboa, gente haciendo mucha bulla y saludando. Aqui hay vecinos, niños con perros y patines. Un puesto al final de la calle tiene unos limones bellos. Preguntas y el tendero te da un kilo entero por 1£ (están a 30p cada pieza en la tienda). Pagas, los guardas. Sonríes. 

Trenzados ente los cafés portugueses hay una carnicería halal, un abarrotes marroquí y un puesto de shawarma que atiende un árabe frenético que suda y saluda despachando. Pides un shawarma y te hincas en la banqueta a comer, escuchar, deleitarte con el divino placer de no entender esa cadencia suave del ajetreo cotidiano y ajeno. 

Es hora de ir de vuelta. Serena. El regreso es más sencillo, más pausado. Los puesteros ya están guardando,  acercando las camionetas y subiendo cajas de mercancía. A tu mano derecha una placita de empedrado se abre. Ahí la música es mas hip, pero no hay turistas, parecen condenados a la calle principal por una barrera invisible. Te acercas: primero un puesto de vestidos vintage sicodelicos, otro de abrigos enormes y coloridos como para ser estrella de cine y a la derecha una mesa entera de sueteres de cashmiere que despiertan tu instinto cazador. Te arremangas y te pones los lentes. A lado de la mesa esta una mujer no menor de 70 que te ve probarte los sueteres lila, menta color camello, algunos como nuevos, otros remendados. Decide ayudarte “porque siempre es mejor que lo vean otros ojos”.  Elije para tí un perrywinkle con cuello en V y luego pregunta ¿usas rojo? Te vendría bien por tu pelo oscuro, esos colores claros “they wash you, dear”. Que lo diga una inglesa… 

Buscas al puestero de saco de cuadros, que trae un palillo entre los dientes amarillos. Dos sueteres hermosos por 15£. Sonríes. 

Sigues el regreso pero viene la lluvia, fina aún, caminas, arrecia, caminas hasta refugiarte en una heladería italiana abarrotada. Pides un helado: cítricos de la toscana, limón japonés y frambuesa.

Aprovechas para cargar el celular, cuya batería es un indicador fiel que hay que hacer pausa. 

Acomodas las compras en la mochila, bajo la mirada divertida de un japonés que habría apostado que cerrarla sería imposible. Le sonríes triufal con el último clic del cierre. Ya no llueve y los turistas se han ido. La estación está cerca y agradeces sentarte. Tomas el Eastbound Central que te saca ilesa y contenta, de Nothinghill. 

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